Diario

El retrovisor

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Sigo yendo a verte a un pueblo que no recuerdo haber pisado nunca de tu mano. Un beso lanzado a un trozo de mármol helado, el repasar tus fechas y tu nombre labrado con mi dedo índice, a tu lado (a vuestro lado) un ciprés siempre perenne que nunca podrá hacerte sombra, y yo que cada vez que voy me pregunto por qué este bosque de cipreses en todos los cementerios.

La primera parte de mi vida, el primer acto de esta tragicomedia, siempre tendrá olor a helado de fresa y nata, a tu colonia, a mis chuches preferidas que me traías a la salida del colegio, y a tu viejo ford escort. Aunque años después otros olores invadieran tu recuerdo; el olor a tabaco en el coche de mi padre de camino a verte, el olor a lejía en aquellos pasillos que eran ahora tu casa, el olor a campo de Castilla.

Abuelo, ya no te veo en el retrovisor del coche con tu cara triste despidiéndonos cada lunes a las ocho de la tarde, te veo en el retrovisor de mi propia vida, sonriendo a cada decisión que tomo, acompañado de un rubio labrador que llegó a nuestra vida gracias a ti. Estáis preciosos, como siempre. Seguiré llevándote flores a un camposanto en el que no habitas, sabiéndote siempre debajo de mi piel; sigo yendo de tu mano, y me sigue pareciendo gigante. Cuídate, cuídanos.

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