Diario

La chispa

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Leo mensajes antiguos y pienso: fui feliz. De verdad lo fui, de verdad me han querido, muchas personas, mucho, durante mucho tiempo. Pero yo, y todo el rompecabezas que llevo dentro, que llevo intentando armar toda mi vida, pero yo, echando a patadas a todo el mundo de mi lado, golpes en forma de puñados de silencio, el silencio que para ser la ausencia de palabras ocupa un lugar inmenso a mi alrededor, alejándome de todo, de todo aquel que no entienda mi lengua de signos, mi juego de sombras. Quizá por eso vivo en una eterna nostalgia, echo de menos todo de lo que nunca fui capaz de despedirme, aferrándome a unos recuerdos que voy distorsionando con el paso del tiempo.

Pero realmente fui feliz; cuando llevas años viviendo en una eterna duda, en un laberinto sin luz, empiezas a pensar que nunca tuviste otra casa que no fuese la oscuridad, sólo consigues ver un foco de luz amarillenta a lo lejos que cuánto más corres más se aleja, por eso acabas quedándote parada con la permanente promesa de un futuro mejor pero sin fuerzas de perseguirlo. Y ese hastío acaba inundándolo todo, hasta que consigue llegar por todas tus grietas a tu propio pasado, y lo engulle como si fuera un buitre carroñero.

Pero a veces una chispa entre dos piedras ilumina el bosque de madreselvas en el que habitas; y acabas haciendo tu propio fuego en el que arder; y te das cuenta que llevas años persiguiendo una luz chinesca que no es más que el reflejo de tu propia llama.

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