Diario

El último atardecer

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Era lunes, salí de trabajar a las siete de la tarde en mitad de un país parado, las calles vacías, luces azules recorriendo la ciudad más a menudo de lo habitual, una amenaza invisible que lo paralizaba todo. Caminé, como hacía cada día, hasta mi parada de autobús, veinte minutos que se hacían largos como nunca, todavía sin mascarilla (creo que fue el último día que pisé la calle sin ella), recuerdo el silencio, la absoluta incertidumbre, la alarma como estado habitual en los ojos de la gente, el miedo; no era el fin del mundo pero se le debía parecer.

Y ahí de pie, a metros de distancia de la poca gente que esperaba conmigo un bus prácticamente vacío, me hipnotizaba un atardecer de fuego, como tantos otros que he visto en ese mismo sitio y a esa misma hora. Y sin saber por qué, saqué el móvil y lo inmortalicé, sin saber que mi vida tal como la conocía acabaría ese mismo día, el punto final de mi rutina, de mi zona de confort. Sin saber que ese sería el último día que recorrería esos dos kilómetros, a la misma hora, por las mismas calles, sin saber que ese fue el último atardecer que viví con libertad.

Al final no se acabó el mundo, simplemente se agotó el oxígeno en mi burbuja.

Madrid, 23/03/2020

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